De acuerdo con la figura 2, las zonas “b”, donde ocurren eclipses parciales del Sol, están inmersas en la penumbra del obstáculo. La zona “c” corresponde con la umbra. Sobre la zona d se hablará especialmente en el próximo número. Ahora está claro que, en un eclipse completo, la fase penumbral es aquella en que la Luna se encuentra en la zona “b”, la fase parcial es aquella en que parte de la Luna, pero no toda, está en “c”, y la fase total dura mientras toda la Luna esté en “c”. Sin embargo, la disminución de luminosidad durante la fase penumbral es muy débil, y nuestros ojos no son capaces de discernir este periodo, que sólo es pues interesante con fines fotográficos. (Dos exposiciones de duración y diafragma constantes sí pueden rebelar estas diferencias de brillo).
Sabiendo ya qué es un eclipse de Luna, ¿cómo observarlo?
En primer lugar, como en toda observación astronómica, al estar largos periodos de tiempo parados durante la noche, nuestro cuerpo no generará apenas calor, y pasaremos más frío del esperado, conque, ¡atención a la ropa de abrigo! Esto es tanto más importante cuanto mayor sea la humedad. Por otra parte, aunque los eclipses de luna pueden verse sin problemas desde el porche de nuestras casas, no es mala idea tener algo de comida a mano junto con un reconfortante “termo” de bebida caliente.
La observación en sí misma es realmente sencilla, ya que en la práctica todo se reduce a mirar a la Luna como de costumbre. Podemos ver el evento con nuestros propios ojos o bien utilizar aparatos ópticos. Mientras que los prismáticos han mostrado ser muy útiles para captar el color de la Luna (que a continuación comentaré), los telescopios sorprendentemente no son tan eficaces en este aspecto, y ya que durante la Luna llena los relieves de su superficie son especialmente difíciles de observar, tal vez no merezca la pena desempolvar el viejo telescopio en esta ocasión. No obstante, aprovecho estas líneas para recomendar la observación telescópica de la luna durante las fases crecientes, puesto que resulta ser, incluso con material pobre, uno de los mayores espectáculos de la noche astronómica.
A medida que la Luna se adentra en la umbra, una sombra oscura y de diámetro apreciablemente mayor que el lunar se extiende sobre nuestro satélite. Aunque en un principio esta sombra parece fundirse con el cielo, transcurrido un rato se puede ver que en realidad la zona presuntamente oculta resplandece con luz propia, tanto más evidente cuanto mayor es la zona oscura. Esta luz es la misma luz cenicienta que ilumina la fase oscura de la Luna en el crepúsculo o la madrugada, y se explica por la luz que se transmite a lo largo de la atmósfera terrestre (perdiéndose azul por el camino). De este modo, la Luna es plenamente visible durante la totalidad en la forma de una Luna llena fantasmagórica, brillando en un tono que varía según el estado de nuestra atmósfera entre un gris cenizo y el rojo ladrillo. Esta Luna apagada compartiendo su presencia con las luces más débiles de la noche es uno de los espectáculos astronómicos que más profundamente exaltan los ánimos de los “no-astrónomos”, tan usualmente decepcionados en otras visiones más sutiles como pueden ser las galaxias, sublimes casi siempre al ojo experto.
Dicho ya todo esto, Antares estuvo en el último eclipse (3-3-7) junto a socios y extraños para deleitarnos en una noche digna del recuerdo. Con nuestro material extendido sobre el césped del campus, se observaron estrellas y planetas, se discutieron temas de toda índole, se probaron nuevos telescopios, e incluso, a pesar de no contar con el equipo adecuado (de lo que, por cierto, puedo culparme personalmente por haber olvidado mi adaptador fotográfico), se realizaron algunas modestas fotografías como las siguientes.



En breve, el episodio 2, "La venganza de los eclipses solares"...